BREVE HISTORIA DE LA PURIFICACIÓN DE AIRE

Ni la contaminación del aire que respiramos, ni los intentos tecnológicos de minimizar este problema purificándolo son cosa de nuestros tiempos. Cierto que ahora somos conscientes de la presencia de muchos más elementos dañinos que eran invisibles para nuestros abuelos y de los que, por tanto, no tenían conciencia, pero otros (como, por ejemplo, polvo, humos, o aquellos componentes que producían pestilencia) sí se conocían. Y también se conocían los efectos de virus y bacterias, como queda atestiguado por el hecho de que en la Edad Media se utilizaran cadáveres de personas fallecidas por la peste bubónica o animales en descomposición para catapultarlos hacia las líneas enemigas, con la intención de provocar epidemias.

Limpiar el aire que respiramos es, pues, una vieja aspiración humana y, desde el consejo clásico y sabio de la abuela «hay que abrir las ventanas cada día para airear las habitaciones»), se han sucedido a todo tipo de inventos, algunos de ellos prácticos y efectivos, y otros que no merecerían otro adjetivo que el de curiosos.

El primer dispositivo filtrador de aire del que se tiene noticia fue creado por el químico John Stenhouse, en la década de 1850. Se trataba de una mascarilla con un rudimentario filtro de carbono, que fue usada por los bomberos y que sería el antecedente de la máscara antigás usada en la Primera Guerra Mundial. De esta idea surgieron diversas variantes, algunas incluso con depósitos que se acarreaban en la espalda a modo de mochilas y otras que, mediante un tubo aspiraban el aire a nivel de los pies del individuo, basándose en la teoría de que muchos gases nocivos eran más ligeros que el aire y que, por lo tanto, tendían a ascender. Eran soluciones individuales, de diversa eficacia, para personas expuestas a ambientes con una contaminación muy evidente, bomberos, mineros, etc, tanto en interiores como en exteriores.

En la década de los 40 surgieron los filtros HEPA (“High Efficiency Particulate Air”), en el marco de la investigación que conduciría a la creación de la primera bomba atómica. Se trataba de proteger a científicos y trabajadores de las partículas radiactivas generadas en el proceso de creación del artefacto nuclear. Aquí ya no se trataba de proteger a un solo individuo, sino de garantizar la calidad del aire para todos en los interiores donde se trabajaba. Los filtros HEPA tienen una malla de un diámetro de entre 0,5 y 2,0 micras. Requieren instalación, lo que puede ser engorroso si hay que adaptarlos a un edificio ya construido sin esta necesidad en mente, y un mantenimiento periódico (limpieza o sustitución) de los filtros. A medida que se fueron popularizando se amplió su campo de acción: hospitales, escuelas, oficinas, baños públicos, centros comerciales y un largo etcétera, hasta llegar a su uso privado en el hogar.

Dentro de esta voluntad de encontrar aire perfecto e inofensivo para la salud, hay que señalar también, simplemente como curiosidad la existencia de negocios que se dedican a embotellar o enlatar aire en zonas sin contaminación para luego venderlo para el consumo privado. En internet podemos comprar (por un precio no precisamente económico) aire enlatado del Himalaya o de cualquier otro lugar idílico y poco contaminado. En un reportaje publicado en el periódico «The Guardian», el dueño de una de estas empresas eludía constantemente las preguntas del periodista cuando este le pedía que enumerara los beneficios para la salud de este consumo esporádico de aire exótico y puro. Obviamente, se trata de un producto con una eficacia próxima a cero, y la reticencia a anunciar beneficios reales para la salud obedece a la voluntad de no exponerse a demandas.

Ya de vuelta al entorno científico, y haciendo elipsis de la gran cantidad de aparatos basados en filtros, básicamente variantes del sistema HEPA, debemos mencionar la última novedad, que se esta imponiendo rápidamente: se trata de los reactores catalíticos, que no tratan el aire mediante filtrado, sino que eliminan directamente los patógenos, alérgenos y toda clase de partículas dañinas mediante fotocatálisis oxidativa en un proceso basado en energía UV. No discriminan a las partículas por su tamaño, lo que significa que no se cuela ni una, no generan residuos, apenas si tienen mantenimiento y su instalación es básicamente plug & play. Todas estas ventajas los están convirtiendo en la opción preferida en lo que hace a la purificación de aire en interiores. En España, la empresa Biosintel, con sus unidades Biokker ha tomado la delantera en este campo.